La invención del padre en la literatura



Ser padre, no es solamente estar este domingo, cuando en Uruguay se celebra el día del padre. Ser padre es estar, pero fundamentalmente, es equivocarse, asumir los errores y volver a empezar. De padres que se equivocan, de padres que hieren, de padres que están, porque esos son los verdaderos padres.

Por Matías Rótulo

William Shakespeare creó en El rey Lear a uno de los padres más complejos de la literatura que consitía en un anciano convencido de que el amor de sus hijas podía medirse con palabras y recompensas. Antes de dividir el reino les exige una declaración pública de afecto:

"Decidme, hijas mías (...), ¿cuál de vosotras diremos que nos ama más, para que nuestra mayor recompensa recaiga donde la naturaleza y el mérito rivalicen?"

William Shakespeare, El rey Lear, Acto I, escena I.

Solo cuando ya ha perdido el poder y comprende la sinceridad de Cordelia reconoce su fracaso, un fracaso que lo enfrenta con su mísera realidad:

"He sido un viejo muy necio y demasiado crédulo"

(William Shakespeare, El rey Lear, Acto IV, escena VII)

El padre hermano

Mucho antes, Sófocles había convertido la relación entre padres e hijos en una tragedia fundacional  y paradójicamente su héroe trata a su pueblo de "hijo" como buen monarca paternalisa. En Edipo Rey, Layo intenta escapar del oráculo que anuncia que morirá a manos de su hijo. Ordena abandonar al recién nacido, pero el destino termina cumpliéndose. Cuando Edipo descubre la verdad, exclama:

"¡Ay de mí! ¡Todo se ha cumplido! ¡Oh luz, sea esta la última vez que te vea!"

(Sófocles, Edipo Rey)

El coro deja entonces una enseñanza que trasciende la tragedia:

"No llames feliz a ningún mortal antes de que llegue al término de su vida"

Siglos después, Pedro Calderón de la Barca retomó ese conflicto en La vida es sueño. Basilio encierra a Segismundo por temor a una profecía. El rey reconoce que intentó imponerse al destino:

"Yo quise vencer al hado"

(La vida es sueño, Jornada III)

Y será Segismundo quien responda con una lección que supera el conflicto entre padre e hijo:

"¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son".

La novela picaresca también habla de la paternidad desde los márgenes. El protagonista de La vida de Lazarillo de Tormes se presenta con sencillez:

"Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez"

(Tratado I)

Su padre y luego Zaide, el compañero de su madre, son castigados por robar para alimentar a la familia. La pobreza, más que la maldad, marca el destino de esos hombres, que siendo mal ejemplo, son igual padres que se preocupan por sus hijos. 

Frente a ellos aparece Atticus Finch, el padre de Matar a un ruiseñor, que enseña la justicia desde el ejemplo:

"Nunca entiendes realmente a una persona hasta que consideras las cosas desde su punto de vista..., hasta que te metes en su piel y caminas dentro de ella". 

Y Jean Valjean, en Los miserables de Víctor Hugo demuestra que la paternidad también puede elegirse. Victor Hugo resume esa ética del cuidado con una de las frases más conocidas de la novela:

"Amar a otra persona es ver el rostro de Dios"

El padre Dios

La tradición cristiana convirtió la relación entre Dios y Jesús en uno de los vínculos paternos más influyentes de Occidente. En el bautismo de Jesús se escucha:

"Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia"

(Evangelio según San Mateo 3:17)

Y desde la cruz, el Hijo pronuncia una de las frases más conmovedoras de la tradición cristiana:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

(Evangelio según San Mateo 27:46)

Como contrapunto, John Milton convirtió a Satanás en El paraíso perdido en el gran símbolo de la rebelión frente al Padre:

"Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo"

(El paraíso perdido, Libro I). 

Entre los padres más memorables de la tradición occidental también está el de la parábola del hijo pródigo, narrada en el Evangelio según San Lucas. A diferencia de Lear, Basilio o Layo, este padre no intenta controlar el destino de su hijo. Lo deja partir incluso cuando sabe que puede equivocarse. El hijo menor dilapida la herencia, cae en la miseria y regresa avergonzado, dispuesto a pedir perdón. Pero el padre no lo recibe con reproches, sino con un abrazo y una fiesta:

"Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; se había perdido y ha sido hallado" (Lucas 15:24). La autoridad cede lugar a la misericordia y la herencia deja de ser un patrimonio material para convertirse en una oportunidad de reconciliación. Es, quizá, una de las imágenes más poderosas de la paternidad entendida como amor capaz de perdonar sin dejar de esperar.

El padre que carga

Recordemos siempre al padre de la obra de Rulfo "No oyes ladrar los perros" que carga a su hijo a una salvación que nunca llegará, hijo herido e hiriente, delicuente, pero es un padre que cumple su rol. 

La música también tiene lugar en esa conversación. En "Father and Son", Cat Stevens transformó el conflicto entre generaciones en un  diálogo íntimo; y Roger Waters hizo de la ausencia de su padre, muerto en la Segunda Guerra Mundial, una de las heridas que atraviesan la obra de Pink Floyd. 

Al final, todos estos relatos parecen repetir una misma pregunta: ¿un padre se define por la sangre, por la autoridad, por el destino o por el amor? Se define , creo, por los errores que cometemos los padres, pero errores presentes, culpas que intentamos no tener pero tenemos, desde un amor genuino, más allá de la sangre, con la sangre, y pensando siempre en que no hay buenos o malos padres, hay padres. 

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