
"Yo miro tu amor", que forma parte de Para los árboles (2003), uno de los últimos discos de Luis Alberto Spinetta —donde también se anima a experimentar con la música electrónica—, y es una canción que parece ubicarse por fuera del clima general del álbum. Explota con la convicción de un blues en MI, bien grave y detonante. Parece extremadamente lento, pero va a 200 bpb, marcando cada compás con vehemencia.
Por Matías Rótulo
Apenas comienza, por el título uno podría imaginar una de esas composiciones delicadas donde Spinetta desarrolla largas metáforas sobre el amor, acompañado por una música calma y una compleja arquitectura armónica. Pero ocurre exactamente lo contrario. Si bien el tema es el amor y la canción conserva una enorme profundidad poética, la base de guitarras saturadas, un bajo que entra con mucha firmeza desde el comienzo y una batería grave empujan todo hacia el lado de la incomodidad. No es una canción serena. Se trata de un blues que camina pausado, potente, distorsionado y extraño. Y es precisamente en esa extrañeza donde radica buena parte de su belleza. El primer verso aparece de manera abrupta, como suele ocurrir en muchas canciones de Spinetta, donde pareciera que el yo lírico ya viene diciendo algo antes de que nosotros lleguemos a escucharlo.
"En tanto que la lluvia así lava mis desgracias, yo miro tu amor."
Hay un detalle interesante en la construcción de este verso porque el verbo llover es un verbo impersonal. No admite sujeto. Nadie hace llover. La lluvia llega sola y también se va sola. Desde el punto de vista poético, entonces, parece actuar con una voluntad propia. Irrumpe en la escena antes incluso de que conozcamos el contexto. La lluvia lava mis desgracias. Es esa lluvia que limpia, arrasa y purifica, como suele ocurrir simbólicamente con el agua. El agua, además, es fuente de vida. Pero la lluvia también puede significar tristeza, cielo gris, frío y desolación. Las desgracias, además, aparecen en plural. No existe una única herida. Hay una acumulación de dolores que el agua intenta arrastrar.
Y frente a ese primer paisaje de dolor aparece otro movimiento del verso:
"Yo miro tu amor."
No dice "te miro". Tampoco dice "miro tus ojos". El yo lírico contempla el amor mismo. La mirada no se dirige hacia la persona sino hacia aquello que esa persona representa. Es una contemplación del sentimiento antes que del cuerpo. La canción continúa:
"Hay un perro que me asusta, nena..."
El perro funciona como un obstáculo inesperado. Representa aquello que interrumpe el camino, la amenaza, la fuerza bruta que aparece sin previo aviso. Así como la lluvia escapa al control humano, también el perro simboliza aquello que no puede dominarse.
Es inevitable pensar en las grandes imágenes del viaje literario. Así como Dante encuentra las fieras que le impiden subir la colina al comienzo de la Divina Comedia, aquí también aparece un obstáculo que obliga al yo lírico a reaccionar.
"Quizás inútilmente apuro mi paso."
Hay desesperación. Hay urgencia. El movimiento físico acompaña un estado emocional. El personaje quiere salir de ese lugar, escapar de aquello que lo amenaza, aunque reconoce que el intento puede resultar inútil. El "nena" tampoco es casual. No infantiliza a la mujer amada. Pertenece al lenguaje del rock o la bohemía de la calle, a una forma de nombrar al otro desde la intimidad afectiva. Más adelante aparece uno de los versos más logrados de la canción:
"Violento mediodía gris."
No hay verbo cojugado, lo que lo convierte en una maravillosa frase nominal que es descriptiva y construída desde un orden. Ese orden importa porque Spinetta no escribe "mediodía gris y violento". Antepone la violencia. Lo primero que percibe el lector es esa sensación de agresividad que domina la escena. Luego llega el momento temporal -el mediodía- y finalmente el color gris, que termina de construir el paisaje.
Después aparece un verso que sorprende al que escucha:
"La radio pone fuego a la lenta cumbia."
La radio introduce la música dentro de una escena dominada por la lluvia y el gris. El fuego rompe con el frío del paisaje anterior. Al escuchar la canción, es casi inevitable imaginar a alguien viajando solo dentro de un automóvil, con la radio encendida, mientras esa música potente acompaña un momento de dolor o de llanto. No deja de ser una interpretación posible. Aquí aparece una interesante superposición sensorial. El fuego pertenece al mundo del tacto y del calor; la radio pertenece al sonido. Ambas imágenes se funden en una especie de sinestesia donde la música es capaz de modificar el clima emocional. La elección de la cumbia tampoco parece casual. Representa lo popular, aquello que está presente en la vida cotidiana y que, aun en medio del dolor, continúa sonando.
Una canción concreta
La letra de "Yo miro tu amor" es extremadamente breve. Apenas seis versos distribuidos en tres estrofas alcanzan para construir un universo emocional completo. Más que narrar una historia, la canción describe un estado del alma. Todo sucede a través de imágenes de movimiento como la lluvia, el perro, pero también temporales como el mediodía gris, sonoros como la radio y la cumbia, y táctil como el fuego (que también podría ser visual). Y quizás la mayor paradoja del tema sea justamente su sonido. Mientras la letra habla de la fragilidad, del miedo, del amor y de la tristeza, la música avanza con una fuerza casi arrolladora. La guitarra ocupa el centro de la escena. El bajo sostiene una marcha constante. La batería empuja como si el tema estuviera obligado a seguir caminando. La canción dura apenas 3 minutos y 28 segundos, pero deja la sensación de un viaje intenso. La protagonista es esa guitarra que avanza con decisión mientras el yo lírico intenta atravesar la lluvia para seguir mirando, todavía, el amor. Pero quién sufre por amor es ese sujeto, empapado, curándose de su dolor.