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Violencia


 ¿Quién tiene la culpa de la violencia? ¿La Escuela que la reproduce? ¿La sociedad que no sabe cómo usar la herramienta escolar para superar su propia violencia desde la Escuela? ¿La Escuela, reflejo de la sociedad y que la reproduce en un bucle infinito? ¿La familia? ¿El sujeto? ¿Todos nosotros? ¿Los medios de comunicación? ¿Los docentes? ¿Los sindicatos? ¿Los médicos? ¿Las políticas aplicadas (o no) en materia de educación, salud, comunidad, seguridad? ¿Los políticos?

Por Matías Rótulo

Publicado el 8 de octubre de 2026 en Voces

Un día como hoy, 8 de octubre, pero de 1851, se firmó la paz que dio término a la Guerra Grande. La efeméride es una paradoja porque la paz está cada vez más lejos en esta tierra salpicada por otras guerras, más actuales y cada vez más difíciles de enfrentar: la del narcotráfico, la de las hinchadas de fútbol, la de los avisos virales de tiroteos escritos en baños de liceos, la de familias pegándole a maestras, la de estudiantes llevando armas a los centros y un largo etcétera de hechos de este tipo.

En este caso, escribo esta columna desde el dolor, después de haber vivido, no como víctima (o sí), una situación de extrema violencia en mi rol como docente. Obviamente, no puedo dar detalles de lo ocurrido, pero sí puedo dar detalles de mi estado de ánimo, porque estoy enojado, preocupado y triste. Más cuando el mensaje es que se debe seguir adelante, porque somos fuertes, como Rambos luciendo un collar cruzado de marcadores en el pecho mientras ametrallamos unas cuantas consignas pedagógicas para cumplir con lo que establece el calendario lectivo. 

Puedo canalizar todo lo mal que me siento desde la escritura de este artículo, dialogando con mi familia, con mis hijos. Puedo reflexionar sobre la importancia de escuchar al otro, como primer paso para la resolución de conflictos. Puedo hacerlo como un hombre de casi 45 años, que tiene alguna herramienta más que otros miembros de esta sociedad y de mi misma comunidad (otros tendrán más herramientas que yo). ¿Cómo canalizan su enojo, su bronca, aquellos que son más vulnerables, nuestros estudiantes, niños, niñas, adolescentes que ven cómo la cuestión no tiene espacios de reflexión? Son jóvenes que conviven a diario con la violencia en sus hogares y comunidades.

Tensión

Hace muchos años, un profesor en el IPA nos preguntó por qué estábamos estudiando para ser profesores de Literatura. Una compañera dijo: “por amor”, y él le preguntó a quién estaba dirigido ese amor. Ella respondió: “a la educación”; otro dijo: “a la sociedad”; por allá alguien dijo: “a la literatura”. Ese docente también nos propuso como reflexión la idea de que ese “amor” legítimo también estaba cargado de “tensión”. Es una tensión específica que se da al ser el espacio educativo un choque inevitable entre culturas personales. Nos decía: “ustedes le van a enseñar Literatura a gurises que quizás no quieren aprender Literatura”, o que tienen otros conceptos distintos a los que les llevamos a clase.

Pero, además, existen otras tensiones sociales, humanas. Nos puso el ejemplo de Ensayo sobre la ceguera, del portugués Saramago. Todos los habitantes de una sociedad quedan ciegos y deben aprender a convivir más allá de la imposibilidad de ver. Entonces, el planteo era simple: a veces, en la vida en sociedad, dejamos de vernos más allá de poder tener el sentido de la vista despierto.

Me pregunto qué es lo que nos pasa a los actores de una comunidad, por ejemplo, una comunidad educativa, cuando se nos va de las manos la situación de convivencia.

¿Por qué todavía no hemos solucionado el histórico reclamo de contar con más recursos para solucionar la primera línea de atención pedagógica? Me refiero a lo que en origen se pensó para la Educación del Pueblo: la convivencia pacífica entre personas de distintas clases sociales. ¿No leemos más a Varela, que proponía a la Escuela como motor del cambio para que el gaucho comprendiera lo que es la vida en sociedad?

Para eso se necesitan equipos más armados, más allá de los existentes, que trabajen con dirección, con adscriptos, con docentes, con todos los actores institucionales. Psicólogos, asistentes sociales, educadores sociales, para que se dé atención temprana ante situaciones de violencia, no solamente entre estudiantes, sino también entre estudiantes y adultos, y entre adultos. ¿Cuándo vamos a contar en las instituciones educativas con equipos que nos ayuden a trabajar en convivencia pacífica entre adultos?

Siga, siga

En 2015 murió un estudiante en un liceo público donde yo trabajaba. La orden de la inspección fue que las clases no se detuvieran, que se tratara de trabajar internamente, con las pocas herramientas que teníamos. Hubo una directora que tuvo la lucidez de no obedecer la orden de aquella inspección y nos fuimos todos a despedir a ese estudiante al Cementerio del Cerro.

Cuando hubo un intento de femicidio en la Facultad de Medicina, hace pocas semanas, el Consejo Directivo Central (CDC) definió seguir adelante con las clases en primera instancia, más allá del notorio momento de tensión interna que ameritaba una suspensión inmediata.

Hace algunos años, encontraron a dos muchachas muertas frente a un liceo donde también yo trabajaba. El impacto territorial, a partir de la violencia del hecho, fue enorme. Todo eso repercutió en todas las instituciones educativas de la zona. Nos comunicamos con el por entonces presidente del Codicen, Robert Silva, que prometió enviar a alguien de Derechos Humanos para trabajar con nosotros. Esa delegación nunca llegó.

Cuando ocurren hechos de violencia, en vez de pensar en el hecho, parar y reflexionar, comienzan los cruces de acusaciones, por lo general violentas, a quienes proponemos justamente parar para reflexionar. Entonces, se suspenden estudiantes, se los manda a la casa y el espacio de reflexión que involucra a los que ejercen violencia y a sus víctimas se destruye. 

Quizás deberíamos volver a leer lo que el 14 de julio de 2006, ya que comenzamos con una efeméride, el maestro Miguel Soler, este dijo sobre su amigo y colega, nuestro amigo y colega, Julio Castro: “hago votos… por el día en que nuestro planeta haya abolido todos los ejércitos y todas las armas, por el día en que la violencia entre hermanos haya desaparecido,  en sus más sutiles y solapadas formas”. (...) “¿Es éste un sueño? Claro que sí, pero ¿qué función más alta cabe a la educación que la de sembrar sueños y cultivarlos, paciente y amorosamente, en perspectiva de siglos si es preciso, hasta su fructificación?”.