Lo último

No discrimino, tengo un amigo gaucho

El canto VII del Martín Fierro cuenta una historia donde “el otro” se enfrenta a “el otro”. El primer “otro” es el gaucho, el segundo “otro” es “El negro”, y hay una tercera “otra”, la mujer de “El Negro”. Fue en un baile de campaña donde ocurrió la pelea. Por Matías Rótulo  Publicado el 26 de junio de 2012 en Voces De “decir” se trata la cosa. El gaucho fue desplazado, utilizado para las guerras (1), desplazado nuevamente (en el proceso de civilización) aunque integrado a la sociedad “culta”, canonizado, idealizado (hasta hoy). El gaucho dijo en la poesía gauchesca lo que el ciudadano culto quiso que dijera y cómo él quiso hacerlo decir (2). Lo hicieron decir. Uno de esos casos es “Martín Fierro” de José Hernández. Hernández, quien no gustaba de la música (3) realizó un poema (musicalmente perfecto) sobre un gaucho al cual le dio voz para cantar, una guitarra para acompañar, y una historia para sufrir. Darle voz a alguien, es permitirle hablar, y “permite” quien tiene poder pa...

Tres finales para Brian


Por Matías Rótulo 

Desnudo, caminando por el cordón de la vereda, tenía que saltar al vacío y gritar tres veces “te amo, te amo, te amo”.
Todo era un plan estratégicamente armado por mí, para que me demostrara su amor.
Brian y yo nos habíamos peleado esa tarde y aquella era la prueba. Brian sonreía inseguro, y yo me moría de la ternura por su inocencia. Recordé una canción que cantábamos juntos con la guitarra. Y las risas. Las primaveras siempre fueron alegres en este barrio. Los olores a chocolate. Y Brian cantando conmigo… pero no cantábamos mucho porque en el medio del estribillo me daba un beso. 
Estuve una vez a punto de llorar cuando me miró a los ojos y me confesó lo que siempre supe. Éramos amigos y ahora sé que la amistad entre el hombre y la mujer no existe.
Cantemos esa canción. Brian vino un domingo de tarde, era un domingo frío y me acarició la mejilla, y me hizo cosquillas, nos quedamos mirándonos. Una mañana le pedí que nunca me dejara. Que nunca me dejara. Que nunca me dijera que se iba. Brian se mordió el labio y me lo prometió. Y agarró la guitarra y tocó una canción de Sui Generis. Hubo un momento de silencio y las cuerdas temblaron. Brian me miró con esos ojos que siempre extrañé ni bien se iba a su casa.
Teníamos catorce años contando desde que nacimos, uno en un hospital y otro en otro. Sí, nacimos el mismo día. Y fuimos a la misma escuela. Y en el mismo barrio, en la misma cuadra nos besamos detrás de la camioneta verde.
En el mismo liceo nos enamoramos: él de Nati y yo de Pablo. Pero a los catorce años entendimos que nos amábamos. Fue aquella vez que les conté. Cuando me confesó lo que siempre supe. Lo supe todo el tiempo, tanto que le pedí esa prueba: que se desnudara. Que caminara por el cordón de la vereda y dando un saltito a la calle gritara tres veces “te amo, te amo, te amo”. Nos habíamos peleado esa tarde. Juro que era una broma. Yo me reía. Me reí cuando se sacó los pantalones y los pelitos de sus piernas estaban erizados. Se tapaba la panza porque ahí le daba el temblor del frío, del miedo.
Y entonces caminó haciendo equilibrio por el cordón de la vereda. Y saltó a la calle. Gritó tres veces que me amaba. Tres gritos de amor que retumbaron en los edificios silenciosos de la calle Talcahuano. Tres gritos que nunca más escuché de nadie. Eran gritos temblorosos, tiritantes. Gritos de fiebre. Gritos como las cuerdas de una guitarra desafinada. 

Final 1) Brian se congeló, murió al tiempo. 

Final 2) Brian no la amaba y gritó por gritar.

Final 3) Brian fue arrestado. 

Elija su final y cuestione en Brian a todos los adolescentes del mundo por ser tan atrevidos y poner en riesgo su vida, o por mentir o cometer delitos. 

Sobre el autor