Cada 14 de agosto ocurre algo parecido en los salones de clase de enseñanza media. Algún estudiante pregunta: “Profesor, ¿mañana pasa lista?”. La respuesta es sí. Siempre se pasa lista. Acto seguido, aparece la afirmación “pero hay paro”, como acusando que pasar lista no debería hacerse porque “hay paro”.Por Matías Rótulo
Publicado el 13 de agosto en Voces
El “paro” estudiantil del 14 de agosto tiene como trasfondo un desconocimiento absoluto de deberes y obligaciones, pero, fundamentalmente, de la génesis de esta movilización. La pregunta que deberían hacerse los estudiantes -y muchas veces no se la hacen- es “¿por qué hay paro?”. De hecho, a veces nos preguntan a los docentes si hay paro de estudiantes, porque ni ellos mismos lo saben. El 14 de agosto de 1968 murió Líber Arce, estudiante de Odontología, después de haber sido herido dos días antes durante una movilización estudiantil frente a la ex Facultad de Veterinaria, en el Buceo. No eran estudiantes que salían a la calle porque no querían ir a clases. Eran épocas de reclamos concretos vinculados al boleto, al presupuesto, al acceso a la educación y a las condiciones de estudio. También estaba la defensa de las libertades, en un Uruguay que avanzaba hacia el autoritarismo. Eran tiempos de movilización juvenil en buena parte del mundo. Pasaron 58 años de aquello y parece ser una reliquia que está vigente porque, a partir de aquellas movilizaciones, se consagraron derechos. Decenas de miles de estudiantes suben diariamente a un ómnibus utilizando el boleto gratuito, que consideran parte natural de sus vidas. El problema aparece cuando olvidamos que los derechos nacieron con grandes sacrificios, entre ellos, la muerte de Líber Arce y, desde ahí, la de otros tantos.
Menos participación
En los últimos años, la participación estudiantil en enseñanza media se debilitó. La separación progresiva de los centros de Ciclo Básico y Bachillerato cortó, en muchos casos, una transmisión generacional. Hasta los noventa, los más chicos veían a los más grandes organizándose por sus derechos. Además, de manera externa, la palabra “sindicato” parece ser una mala palabra para aquellos sectores que prefieren que no existan los sindicatos. Se acusa a las medidas sindicales (en especial, a las de los sindicatos de la educación) de ser “ideológicas”, como si la ideología fuera un pecado. Toda decisión colectiva parte de determinadas ideas acerca de cómo debería funcionar la sociedad. Hasta Luis Lacalle Pou reivindicó recientemente, en un acto de su partido este fin de semana, la imposibilidad de pensar y actuar sin ideología. Los sindicatos tienen responsabilidad también, porque algunas de sus decisiones pueden alejar a quienes dicen representar. Pero decimos que el sindicato no nos representa y, como solución, dejamos de participar en él. Difícilmente una organización cambie si quienes quieren cambiarla se van. En este contexto, los adolescentes nos miran, nos escuchan.
Movilización y participación
Sería injusto afirmar que los estudiantes actuales no se movilizan. En los últimos años hubo ocupaciones y protestas en enseñanza media. Reclamaron por infraestructura, presupuesto, grupos que se cerraban, equipos multidisciplinarios, situaciones de violencia, protocolos contra el acoso, espacios gremiales y participación en las reformas educativas. Es decir, siguen apareciendo problemas concretos. A nivel terciario también se mantiene la participación y la movilización. De hecho, se destaca la participación estudiantil en el cogobierno universitario. Volviendo a la educación media, los espacios institucionales de participación existen, con delegados de clase, profesores consejeros elegidos por los estudiantes, asambleas, Consejos de Participación y encuentros estudiantiles. El propio programa actual de Educación Ciudadana de Secundaria habla de ciudadanía activa, participación individual y colectiva, organizaciones sociales y participación gremial. Pero también esto sufrió recortes en los últimos años, tras las reformas educativas del gobierno pasado.
Enseñamos derechos humanos, convivencia, educación sexual y otros contenidos necesarios para vivir en sociedad. ¿Por qué no pensar también la participación estudiantil como un aprendizaje que requiere historia, herramientas y experiencias? Eso no significa formar militantes. Mucho menos decirles a los estudiantes qué deben pensar (porque siempre surge esa acusación simplista). Deberíamos educar para participar ofreciendo herramientas para que cada estudiante decida. Si un estudiante conoce qué ocurrió en agosto de 1968, sabe quién fue Líber Arce, comprende qué significa una huelga, conoce los reclamos actuales de su gremio y decide hacer paro el 14 de agosto, podrá tomar una decisión. Si después de conocer todo eso decide concurrir a clase, también habrá tomado una decisión. Participar también se aprende y la democracia merece este tipo de aprendizaje. Porque si el 14 de agosto termina convertido simplemente en otro día en el que no hay clases, en tiempos en los que una de nuestras mayores crisis es justamente la inasistencia estudiantil, algo estamos haciendo mal.