Siempre es bueno saber que hay bandas como la ya histórica Cuatro Pesos de Propina para darle aire fresco a la música uruguaya. No me malentiendan, porque la frescura no es sinónimo de liviandad. La frescura implica un aire de renovación, vientos de revolución y el calor de la pasión por el arte, que debe quemar por dentro al artista y a sus receptores.
Por Matías Rótulo
Publicado el 13 de agosto en El Popular
Una amiga me dijo que son una banda de playa, de espíritu libre, de amistades alrededor del fuego del campamento. Pero el disfrute de la obra no puede estar segmentado. Se disfruta y listo. Flores de un día es un disco irregular y eso no significa que sea malo; al contrario, es diverso.
El disco comienza con una serie de expresiones de deseo en formato de ska con “La verdadera”. No hay otro ritmo mejor para pedir algunos deseos. Es una linda canción, llena de frases contundentes: “Lanzarse hacia el mar / sin temer a la sed / ¿quién pudiera?”. La pregunta retórica trasciende al sujeto, que después se concentra en el dolor personal, en la posibilidad de avanzar y, al volver: “Ser la fauna autóctona entera / del amor las mil primaveras / cosechar nuestra libertad / que esta vuelta es la verdadera”. En estos versos hay épica esperanzadora, grandilocuente y filosófica. El arranque del disco no tiene desperdicio.
“Lucerito”, la segunda canción, parece luchar entre la balada y el ska. No es una de esas canciones pegadizas, pero hay una pulsión interna de la propia pieza -que es, en definitiva, la pulsión del receptor-. En un momento la voz lírica plantea que “en esta jungla de cuerdos, me quedo con mi locura” y además se dice a sí misma: “quién soy, qué hago acá” como aquella de Hamlet y el ser o no ser. ¡Qué buen inicio de disco!
“Aire” es la canción más madura de todas, cantada por Agustina García de manera impecable, contundente y energética. Es uno de los puntos altos y llega con un aire andino e introspectivo. Describe el paisaje grandilocuente de la montaña, pidiéndole al aire que baje a darle un respiro. Ese diálogo no tiene respuesta, pero se produce una descripción interesante entre el sentir íntimo y aquello que parece vivenciar. “Aire” dejó abierta la puerta de la exigencia musical.
Pero inmediatamente llega la cuarta canción, titulada “El Maleficio”, y la cosa se cae un poco. No en ritmo y energía, sino en esencia. Hay que destacar los arreglos de batería y la frase contundente: “El mundo es un charco y todos bailamos en él”. Una canción sin sorpresas, pero con un buen mensaje: “hoy soy lo mismo, más rescatado / sigo a los tumbos / pero no caigo / la vida es corta pa’ arrepentirse de lo que no es”. Esta canción tiene un estribillo cargado de frases populares y coloquiales, al mejor estilo de Sancho Panza en Don Quijote, que incluye una liviana metáfora futbolera y un guiño al mito del Fénix: “Me juré mil veces plantar cara a ese dolor / ya me derrumbé tan solo con decir adiós / renací de las cenizas con una intención / pelear el partido hasta la muerte”. Y el final, con un “la la la la” como para completar el asunto del desencanto al escucharla, rematando con el clásico tanguero “chim pum”. ¿Es mala? No. Tiene mucha competencia alrededor.
En la mitad del disco el track cinco es “El mejor regalo”, bien calamaresca o Coti Sorokinesca. Esta pieza es cantada por Gastón Puentes y acá sí hay una canción sin muchas novedades. En medio de ella, uno sigue pensando en las primeras tres del disco, más cuando parece que la máquina de armar rimas se les agotó, como en este caso: “Pasó por mi mente / las ganas de estar juntos / escuchando canciones / fumando charuto / brindando por el día”.
Repunte
Cuando estaba a punto de apagar y no escribir esta nota, para no tener que centrarme solamente en las primeras tres canciones, cayó el tema seis, “Del mismo cuento”. Con la voz de García nos devuelve la calma. La frase categórica: “No faltó decirnos nada / ya te abracé / eternamente / pasará este tiempo y calma / seguiremos conectados” que no aporta una poética contundente, pero es contundente en sí misma. Los arreglos de cuerdas, el piano, las voces, la batería, todo en su punto justo.
La bocca mi baciò tutto tremante
“A otro lugar” debía esmerarse para no caer en lo simple tras la excelente canción anterior, pero se consagra se gana el elogio de ser de lo mejor del disco: “y ya verás, mi risa volverá a tu boca”, como cuando Francesca le relata a Dante el beso que Paolo le dio en su sonrisa. Es quizás la frase más elevada de la obra de Cuatro Pesos de Propina. Además, tiene una linda enumeración caótica, dicha con muy buena interpretación: “es que ando un poco raro / un poco ausente / un poco en otro lugar / en otro lugar”. La canción está actuada desde la voz del cantante, en los momentos de tensión, alegría y dolor. se nota todo eso. ¡Menos mal que no apagué el disco! Uno no se cansa de escucharla. No se pierdan esta hermosa canción.
Si hubo antes una canción calamaresca, en “Enterrado” ahora hay una que se hamaca entre Extremoduro y Ska-P. Le da dinámica al disco, pero compite deslealmente con las canciones 1, 2, 3, 6 y 7. Después de ella está “Ellas dos” cantada por García. Hasta este momento del disco, Puentes, -incluso de algunas de las canciones que dije que eran más flojas- se luce como un compositor que, (usaré las metáforas futboleras que critiqué más arriba), mete buenos goles.
El disco se cierra con “Tras la oscuridad” cuya letra dice: “Un idiota más / trayendo calor / a este desierto / se arrancó el dolor / para alimentar a los perros / están sedientos / el agua y la sal / filo del cristal / malhiriendo” y Puentes acá me cierra la boca. Sí, es una gran obra en su globalidad. Es un disco irregular, porque es tan bueno en general, que ya no estamos acostumbrados.