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Por Matías Rótulo
Yo conocí verdaderamente la voz de Luis Alberto Spinetta en una canción de Fito Páez. Por supuesto que ya había escuchado «Muchacha ojos de papel», pero en 1992, cuando tenía once años, todavía no había unido aquella canción con un nombre, una obra y mucho menos con el universo que descubriría después. Fue «Pétalo de sal», en El amor después del amor, la que me obligó a prestar atención porque, en determinado momento, aparecía una voz que parecía provenir de otro sitio y que, sin romper la canción, modificaba por completo su clima, como si durante unos segundos alguien hubiese cambiado la luz de la habitación.
Miré los créditos para saber quién cantaba y descubrí que era Luis Alberto Spinetta, después supe que era el mismo de «Muchacha ojos de papel» y a partir de allí comenzó una búsqueda que con los años se transformó, más que en fanatismo, palabra que nunca me ha gustado demasiado, en interés, estudio y fascinación por una obra a la que sigo regresando. Quizás por eso «Pétalo de sal» conserva para mí algo de aquel primer encantamiento sonoro, porque antes de conocer los discos, las bandas, las etapas o la poética de Spinetta, estuvo simplemente esa voz.
Volver hoy a las canciones de Fito en las que participa permite entender mejor qué había detrás de aquel impacto, porque Spinetta nunca parece entrar como un invitado destinado simplemente a embellecer una grabación, sino que su aparición modifica la temperatura emocional de la canción. La voz de Páez suele ser vehemente, expansiva, dramática, por momentos exacerbada, una voz que arroja la emoción hacia afuera, mientras que Spinetta puede trabajar sobre el movimiento contrario, recogiendo la melodía, demorándose en una sílaba, introduciendo aire entre las palabras y convirtiendo el fraseo en una especie de lamento delicado que no necesariamente expresa tristeza.
En «Bello abril» esa diferencia resulta especialmente evidente. Fito celebra casi a los gritos cuando canta «Dios santo, qué bello abril» y Spinetta aparece desde otro lugar, sin disputar esa intensidad y, sin embargo, transformándola, porque donde uno expone, el otro insinúa, donde uno parece necesitar decirlo todo, el otro consigue que una pequeña inflexión de la voz abra un espacio nuevo dentro de la misma canción.
Pero sería equivocado concluir que Fito convocaba a Spinetta únicamente para aportar dulzura. En «Y dale alegría a mi corazón» sucede casi lo contrario, porque el Flaco aparece cuando la canción está ascendiendo y su interpretación contribuye a llevarla todavía más arriba, con una voz potente, rasgada e incluso irreverente, demostrando que aquello que aporta no es un color determinado sino su capacidad para comprender qué necesita cada momento musical.
Algo diferente vuelve a ocurrir en «El centro de tu corazón». Siempre imagino esa canción como una feria en la que Fito se mueve en los autitos chocadores mientras Spinetta gira en un carrusel. No se trata de enfrentar dos maneras de cantar, sino de advertir dos movimientos distintos que terminan conviviendo dentro de una misma pieza. Cuando aparece Spinetta cambia el clima, cambia la velocidad emocional y cambia incluso nuestra manera de escuchar lo que veníamos escuchando.
Ese diálogo excedió largamente las participaciones en los discos. Spinetta hizo suya «Tres agujas», volvió sobre «Las cosas tienen movimiento» en Mi vida con ellas y años después la cantó en Bandas Eternas junto al propio Fito, mientras Páez devolvió la gentileza llevando «Muchacha ojos de papel» a Moda y Pueblo. Son canciones que parecen haber viajado de una casa a la otra hasta desdibujar por momentos la frontera entre homenaje, admiración e intercambio artístico.
Hay además una imagen posterior que inevitablemente me devuelve a 1992. Cuando Fito volvió sobre El amor después del amor y llegó «Pétalo de sal», Spinetta ya no estaba físicamente, pero su voz permanecía allí. Escuchar aquella grabación mientras su imagen aparecía en la pantalla y ver a Fito darse vuelta para contemplarla y escuchar junto al público convertía la ausencia en una presencia conmovedora. Durante unos instantes Páez dejaba de ser quien conducía el concierto y parecía transformarse, sencillamente, en otro de nosotros, alguien escuchando a Spinetta.
Se ha escrito muchísimo sobre la poesía spinetteana, sobre sus imágenes, sus metáforas y esa lengua particular que construyó durante décadas, pero acaso se habla menos de su voz como uno de los instrumentos fundamentales de ese universo. Estas canciones de Fito permiten escucharla fuera de su territorio habitual y por eso mismo hacen todavía más evidente su singularidad, porque allí confirmamos que Spinetta fue un músico completo y que buena parte de aquel encantamiento estaba también en su manera de pronunciar, de respirar, de frasear, de quebrar o acariciar una palabra y, sobre todo, de comprender el instante preciso en que una canción necesitaba calor, fragilidad, violencia, dulzura o simplemente otra temperatura.
