Bersuit rememora el cuarto de siglo de Hijos del culo, con un registro en vivo y el aggiornamento de la portada, donde aquella niña ahora es adulta. Pero la celebración no está exenta de polémicas sobre la continuidad, el abandono, los intereses y las esencias de los artistas y del arte.
Por Matías Rótulo
Publicado el 14 de setiembre de 2026 en El Popular
Hay algo extraño en la manera en que escuchamos a las bandas de rock que no ocurre de la misma forma con otros géneros. En ellas, se impone a veces más el divismo que el propio grupo humano que las componen, o incluso que la obra en sí misma.
En las bandas de rock podemos aceptar que cambie un guitarrista, el baterista o el bajista, pero cuando quien se va es la voz que durante años ocupó el centro del escenario, parece que la discusión se vuelve una carnicería.
La discusión acompaña a Bersuit Vergarabat desde la salida de Gustavo Cordera y reaparece inevitablemente ahora, cuando el grupo vuelve sobre Hijos del culo, publicado en 2000, para celebrar sus veinticinco años. El nuevo registro proviene de los conciertos realizados en el Microestadio de Ferro en agosto de 2025 y recupera aquellas canciones junto con otras piezas de su historia, incorporando además invitados de generaciones diferentes.
Recientes declaraciones de Cordera en Mega FM, de Buenos Aires, volvieron a poner el tema sobre la mesa. Cordera se refirió a su deseo de despedir a Bersuit de su vida. Su propósito, explicó, es despedir a “aquella Bersuit que habité hasta 2009” y aclaró que “cuando paramos, ellos volvieron e hicieron su historia y sus canciones”. Por eso, señaló, “los invito a todos a esa despedida”, aunque enfatizó que “no voy a volver a Bersuit”. También sostuvo que “hasta 2009 Bersuit tenía un alma y un corazón, y la voz, su fundador y quien hizo sus canciones”.
Pero quizás, en el caso de Hijos del culo sea precisamente un disco incómodo para sostener que Bersuit era solamente Cordera. Basta mirar los créditos. Juan Subirá escribió solo “El viejo de arriba” y “Desconexión sideral”; “Toco y me voy” pertenece a Subirá y Pepe Céspedes; “Negra Murguera” también lleva sus firmas; “Grasún” es de Subirá y Carlos Martín. Cordera aparece, naturalmente, en varias composiciones, algunas compartidas con otros integrantes, mientras “Caroncha” sí figura exclusivamente a su nombre. La propia escritura del disco deja entonces el rastro de una construcción colectiva, aunque la impronta interpretativa de Cordera sea notoria y constituya una marca propia.
La pregunta entonces excede a Bersuit. ¿Qué es una banda? Si cuando desaparece su integrante más visible consideramos que desaparece también el grupo, quizás deberíamos admitir que aquello nunca fue realmente una banda, sino un solista acompañado por músicos. Los Pericos atravesaron la salida del Bahiano; Virus debió enfrentarse a algo muchísimo más definitivo con la muerte de Federico Moura; AC/DC perdió a Bon Scott cuando todavía estaba construyendo buena parte de su historia. En cada caso sobrevivió una obra que era propiedad artística de una construcción colectiva, aunque inevitablemente cambiará aquello que escuchábamos.
Con Bersuit ocurre además algo parecido al fútbol, pero la diferencia es que nadie deja de ser hincha de un cuadro porque se marche su goleador, pero alrededor de una banda parece existir el derecho a exigir que determinada persona permanezca para siempre en ella. Los comentarios que reclaman el regreso de Cordera, y aquellos que directamente consideran un “desastre” cualquier Bersuit sin él, desplazan entonces la discusión desde la canción hacia la persona. Y del otro lado aparece también la afirmación de que sin determinada persona no existe la esencia del grupo. Entre ambos extremos se construye una rivalidad en la que muchas veces termina importando más quién tiene derecho al nombre que aquello que está sonando.
No conocemos desde afuera toda la historia de una separación y difícilmente podamos hacerlo. Hay versiones, heridas, egos, intereses y recuerdos distintos de una misma historia. Lo que sí permanece disponible es la obra.
Hijos del culo permanece
El disco nuevo suena muy bien, está cuidadosamente grabado y conserva esa potencia de Bersuit para hacer convivir rock, murga, canción, percusión y una identidad profundamente rioplatense. Pero tampoco pretende congelar en él el año 2000. La participación de artistas como Lali, Lisandro Aristimuño o Luck Ra en aquellos conciertos de Ferro coloca las canciones delante de músicos y públicos que pertenecen a otras generaciones. La propia banda explicó esta revisión como una manera de otorgar nuevos sentidos a aquellas canciones y acercarlas a públicos nuevos.
En general, en nuestra época vivimos fascinados por lo nuevo y condenamos rápidamente cualquier cosa que parezca vieja, pero, al mismo tiempo, les exigimos a determinados artistas que permanezcan idénticos a aquello que fueron hace veinte o treinta años. Fito Páez puede volver sobre El amor después del amor y grabarlo nuevamente porque nadie espera encontrar allí al mismo hombre de 1992. En cambio, una banda que perdió a uno de sus integrantes parece obligada a demostrar permanentemente que conserva un certificado de autenticidad.
La música tiene, además, esa posibilidad maravillosa que otras artes poseen con mayores dificultades. Una canción puede volver a grabarse, cambiar de voz, de tempo, de instrumentación y hasta de generación. El cuadro terminado permanece sobre la tela y el cuento queda fijado en sus palabras, pero una canción vuelve a existir cada vez que alguien la interpreta. La versión original no desaparece porque aparezca otra. Yo seguiré prefiriendo el Hijos del culo de 2000, seguramente porque uno tampoco deja de ser un nostálgico y porque determinadas canciones quedan pegadas para siempre al momento en que las escuchamos. Pero que prefiera aquel disco no significa que este deba intentar reemplazarlo.
Aquella niña del arte de Hijos del culo que en la tapa nos sorprendió en 2000 ya es una mujer. Pasaron veinticinco años. Pretender que Bersuit siga siendo exactamente la misma mientras el rostro que representaba aquel disco envejeció resulta, por lo menos, paradójico. Quizás celebrar Hijos del culo consista precisamente en aceptar eso. La obra permanece, pero quienes la hicieron cambian. Algunos se van, otros llegan, otros envejecen juntos. Y una banda, si alguna vez fue verdaderamente una banda, debería ser capaz de sobrevivir incluso a sus propios integrantes.