Muchas veces escuchamos en los discursos de quienes hacen la política educativa la palabra “innovación” asociada a lo que se hace a diario en los centros educativos. La ANEP y sus subsistemas se proponen, desde hace años, realizar muestras de logros como una forma de rendir cuentas donde la “innovación” parece ser el norte (y está bien que lo sea). Pero, como las cuentas por lo general no dan, lo hecho tiene una parte de apoyo estatal y otra de improvisación, esfuerzo, ganas y de hacerlo como podemos.
Por Matías Rótulo
Publicada el 29 de octubre de 2026 en Voces
Estuve recorriendo en los últimos meses distintas muestras de logros organizadas por la ANEP, visitando diferentes propuestas y llevé dos preguntas. La primera era sobre el contenido de la muestra, de qué se trataba lo que presentaban y la segunda era si la ANEP les daba todas las herramientas para desarrollarlo. Como las respuestas fueron más o menos tan esperanzadoras como desilusionantes, prefiero no dar nombres de los entrevistados. Eran “esperanzadoras” porque esos docentes y estudiantes mostraban con orgullo su trabajo. Desilusionantes, porque ese trabajo suponía una buena carga de herramientas difíciles de conseguir, a veces sin más apoyo que el esfuerzo propio y utilizando lo que tenían a mano.
Es ahí donde entra la teoría del bricolaje de Claude Lévi-Strauss (El pensamiento salvaje; 1962) donde explica cómo se construyen significados a partir de elementos culturales ya existentes, combinándolos y resignificándolos. El bricoleur, a diferencia del ingeniero, trabaja con los recursos disponibles y los adapta a nuevas necesidades. Así, el pensamiento humano produce nuevas estructuras de sentido a partir de elementos heredados. Joe L. Kincheloe retoma la noción de bricolaje de Lévi-Strauss y la adapta a la investigación educativa. Así como el bricoleur construye a partir de los recursos disponibles, el investigador educativo combina teorías, métodos y perspectivas para comprender la complejidad de la realidad. Esta adaptación reconoce que el conocimiento no se produce desde una única mirada, sino mediante la articulación crítica de múltiples saberes y herramientas.
Pero una cosa es la creatividad pedagógica y otra es la obligación de ser creativo porque no hay más remedio. El docente que adapta un material, inventa una herramienta o combina recursos para mejorar una experiencia de aprendizaje está tomando una decisión pedagógica. El docente que debe hacerlo porque aquello que necesita nunca llegó está resolviendo un problema que no debería recaer exclusivamente sobre él.
Cuando un docente resuelve un problema pedagógico con los recursos que tiene disponibles, no solamente está improvisando. Muchas veces se está produciendo un conocimiento que nace de la práctica, de la experiencia y de la necesidad de encontrar soluciones. Ese conocimiento no siempre aparece en los documentos oficiales, no necesariamente se publica en una revista académica. Sin embargo, allí hay hipótesis, ensayos, errores, decisiones y aprendizajes que merecerían ser sistematizados y compartidos. Si hablamos de innovación educativa, también deberíamos preguntarnos cuánto de lo que se presenta como novedoso en los discursos institucionales ya está ocurriendo, desde hace tiempo, en las aulas y los talleres.
Lo atamos con alambre
El docente, como MacGyver, trabaja con lo que tiene a mano. Allí donde otros ven una limitación, encuentra materiales para construir una solución. La comparación puede vincularse con el bricolaje de Lévi-Strauss, según el cual es posible producir nuevas configuraciones a partir de elementos disponibles, incluso cuando fueron concebidos para otros usos.
Uno de mis entrevistados, al hablar del trabajo realizado junto con sus estudiantes, me contó que «sí, esto lo hicimos porque mi padre me prestó la herramienta, porque la pedimos en la escuela de UTU, pero nunca llegó». Otro docente me explicó que «nosotros nos anotamos en los clubes de arte, nos dieron un dinero y nos apoyaron desde ANEP, pero cuando queríamos ensayar los fines de semana porque no teníamos otra opción de tiempo, nos negaron esa opción».
A veces los recursos son materiales y otras veces son humanos. En educación, esta lógica supone transformar recursos escasos en herramientas de enseñanza, combinando creatividad, experiencia y conocimiento. El préstamo de una herramienta, la colaboración de una familia, la búsqueda de materiales alternativos o el tiempo que un docente dedica fuera de su horario para que un proyecto salga adelante también forman parte de esa trama de soluciones. Sin embargo, detrás de cada una de estas acciones hay una pregunta que no deberíamos dejar de hacernos. ¿Hasta dónde la capacidad de resolver problemas se convierte en una obligación de compensar aquello que el sistema no proporciona? Muchas veces, terminamos orgullosos de lo que logramos hacer con muy poco.
La educación pública necesita docentes creativos, capaces de encontrar caminos donde parece que no los hay. Pero no puede depender de que cada uno se convierta en MacGyver para que las cosas funcionen.
Después llega la muestra, se exhiben los resultados y todos hablamos de innovación. Lo que no siempre se muestra es cuánto costó llegar hasta ahí y qué habría sido posible hacer si las condiciones hubieran sido otras. Quizás el verdadero desafío de la ANEP no sea conseguir que sus docentes aprendan a arreglarlo todo con lo que tienen, sino generar las condiciones para que no tengan que hacerlo siempre. MacGyver puede resolver una situación imposible con un alambre, una herramienta prestada y un poco de ingenio.
