Afirmar que una canción da cuenta de una experiencia musical parece ser absurdo y acá mismo debería detener la escritura, cerrar la computadora y pensar en qué otra cosa me puedo centrar para escribir sin caer en más obviedades. Pero no, «Parlante», del disco Tester de violencia, no cae en la obviedad y me defiendo diciendo que, desde su mismo título, la canción deja entrever que el tema será un metadiálogo con la música, el sonido y la expresión sonora.
Por Matías Rótulo
18 de octubre de 2026
Entonces, veamos qué nos dice sobre la música y el sonido, entendiendo el primer verso, «Todos los espejos dan, ¿a qué?». Debería cerrar la computadora. Me ganó la ansiedad. El primer verso se desarrolla en el campo de lo visual. La pregunta es un reflejo, valga la ironía, de una pregunta retórica que no tiene respuesta o sí la tiene cuando miramos el espejo y nos preguntamos qué refleja, aunque, en realidad, lo estamos viendo. Este verso me recuerda al juego de reflejos infinitos entre espejos de un ascensor. Uno se pregunta ahí adentro, encerrado, ¿adónde da ese reflejo? ¿Cuál es su final?
El yo lírico parece salirse de su cuerpo y preguntarse qué es de sí mismo. La voz lírica es un reflejo, un espejo de un ser que, en este caso, describe: «Por todas partes voy buscando un parlante».
Existe así una conciencia del acto de búsqueda, no del objeto parlante, sino del sonido que emite ese parlante, que, en definitiva, será lo dicho, lo cantado, lo musical, la atmósfera de la música.
Hay algo de metapoesía en esta búsqueda del parlante, porque Spinetta parece preguntarse por las condiciones de posibilidad de la propia expresión artística. El parlante no es solamente el objeto que reproduce un sonido, sino el medio por el cual aquello que pertenece al mundo interior puede convertirse en una experiencia compartida. El sujeto busca la forma de escucharse, de reconocerse en aquello que produce, aunque esa producción, una vez exteriorizada, adquiere una existencia que ya no controla por completo.
Los espejos infinitos del primer verso podrían pensarse desde esa misma distancia entre el sujeto y su representación. Así como la imagen reflejada no es el cuerpo, el sonido que sale de un parlante tampoco es exactamente la experiencia que le dio origen. Hay una transformación, una separación, una posibilidad de reconocerse en algo que ya es otro. El arte introduce esa distancia y, al mismo tiempo, permite atravesarla. El sujeto se expresa, pero también puede convertirse en espectador de su propia expresión, como si necesitara salir de sí mismo para comprender aquello que acaba de producir.
Salteándonos una parte del texto literario, aparece el personaje lírico: «Oh Madelaine, loco amor, vives junto a la radio». Ese «loco amor» está centrado en los placeres terrenales, en la lujuria, como sucede en el Libro de buen amor, obra medieval española del Arcipreste de Hita, donde el loco amor se vincula con el apego a los placeres terrenales y a la lujuria, en oposición al amor espiritual o caritas. Se asocia, además, con la pérdida del control de la razón a manos del deseo.
La música, la radio, no el objeto sino lo que se emite en el parlante, el código musical, lingüístico o de cualquier otra naturaleza, es el placer terrenal. No deja de ser interesante que la canción ubique ese loco amor junto a una radio. El deseo aparece vinculado con un dispositivo que transmite sonidos, voces y canciones. La radio es una presencia material, pero también una puerta hacia algo que está fuera de nosotros. Escuchar supone abrirse a una experiencia que no necesariamente podemos controlar, dejar que algo ajeno ingrese en nuestro espacio y nos transforme. La relación entre el deseo y la música puede leerse, entonces, como una forma de entrega a aquello que nos afecta sin que podamos explicar del todo por qué.
Dice la letra de la canción: «Todas las palabras son los hombres / Por todas partes voy buscando así / Solo con mi ruido de magia».
En la tradición literaria, el ruido puede asociarse con el caos, lo mundano, la estridencia o la interferencia no deseada. El ruido dialoga, por ejemplo, en las obras de Shakespeare, con el desastre que se avecina y con lo místico. La magia, por el contrario, pertenece al reino de lo inefable, lo sutil, lo sagrado y lo invisible. Spinetta crea una figura retórica donde el caos de la realidad terrenal se sintoniza con la frecuencia de lo místico. El ruido no anula la magia; es la evidencia acústica y física de que la magia está ocurriendo.
Ese ruido de magia es la expresión artística que sale del cuerpo, que se proyecta desde un espacio imaginario y que llega a uno mismo. Es como si el yo lírico pudiera contemplar su propia obra desde una posición de extrañamiento. Acá me acuerdo de Víktor Shklovski, quien planteaba que el arte modifica nuestra percepción habitual de las cosas y vuelve extraño aquello que la costumbre había naturalizado. La literatura, la música y las demás expresiones artísticas nos obligan a detenernos frente a lo que creíamos conocer. En «Parlante», el sonido deja de ser una experiencia evidente, algo que simplemente se escucha, para convertirse en un problema que merece ser pensado. Spinetta nos saca momentáneamente del lugar de oyentes para convertirnos en investigadores de nuestra propia percepción.
Y quizás el parlante que busca el yo lírico no sea solamente el dispositivo por el que se emite una canción, sino la posibilidad de encontrar una forma para aquello que todavía no sabe cómo decirse. La búsqueda no se limita a encontrar un objeto, porque lo que está en juego es la posibilidad misma de la expresión. El ruido de magia sería entonces aquello que aparece cuando el lenguaje conocido ya no alcanza y la música permite construir otros sentidos.
Fito Páez dijo hace poco, en una entrevista en Olga, que para hacer un hit hay que tener una buena letra, una buena música y algo que no se sabe qué es, algo que se siente. Esa afirmación complementaría estos versos de la canción de Spinetta: «Brújulas de cuerpos para armar» y, más adelante, «En el silencio se oye un inmenso parlante / Ni la luz del amor, ni el dinero ni la revisión / Por todas partes voy buscando un parlante».
La idea de ese algo que no se sabe qué es, que señala Páez, parece dialogar con el ruido de magia de Spinetta. Hay una dimensión de la experiencia musical que no se deja reducir a la letra, a la melodía o a la estructura de una composición. Está ahí, se siente, produce un efecto, pero no siempre podemos traducirlo a palabras. «Brújulas de cuerpos para armar» parece apuntar también a esa búsqueda de una orientación que no está dada de antemano, a esos cuerpos que necesitan encontrar una forma, una dirección, un sentido.
Y entonces aparece el silencio, pero en el silencio se oye un inmenso parlante. La paradojase construye con ese silencio que parecería ser la ausencia del sonido, se convierte en el espacio donde ese sonido puede manifestarse. El parlante no necesita estar sonando para existir como posibilidad. Está allí, como una promesa de expresión, como aquello que todavía puede decirse o cantarse. La búsqueda continúa porque el objeto no resuelve el misterio de la música. Tener un parlante no significa haber encontrado aquello que se busca a través de él.
Por todas partes voy buscando un parlante. La repetición de ese verso insiste en la búsqueda, pero no necesariamente nos acerca a una respuesta. Tal vez ahí esté el asunto. La canción no pretende explicarnos qué es la música ni dónde reside ese algo que hace que una letra y una melodía se conviertan en una experiencia capaz de afectarnos. Lo que hace es poner esa pregunta en movimiento. Y mientras el yo lírico busca el parlante, nosotros seguimos escuchando, como si en esa búsqueda también estuviera en juego la posibilidad de encontrar algo de nosotros mismos en el ruido de los otros.
