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Lo más cerca que podemos estar los uruguayos de los Oscar es de aquellos que figuran en la guía: Oscar Pérez, Oscar López, el Mago Oscar —festejos infantiles, despedidas de solteros y limpieza de grasera—. Podemos visitar la estatuilla de Jorge “tengo la voz finita como mis hermanos pero ellos no llegaron tan lejos como yo” Drexler, que compuso una canción que habla de ir al otro lado del río, donde otro músico, Gustavo Santaolalla, ya lo superó en cantidad de Oscar ganados.
Por Matías Rótulo
Publicado el 28 de febrero de 2008 en Voces
En 1980 se editó el disco de Serú Girán llamado La grasa de las capitales, cuyo primer tema, homónimo este, habla del falso “glamour” —aunque no utiliza este término— y de la “gente careta” que aparece en los balnearios, revistas o televisión aparentando ser algo que no son. Es decir: lo cursi. La letra menciona a las “viejas todas quemadas” y a las “chicas bien decoradas”, cuya verdadera “oportunidad” está en la “fama”. El domingo se entregaron los 80° premios Oscar al cine y Monte Carlo Televisión experimentó por segundo año consecutivo una transmisión digna de buen país tercermundista, donde nos encanta demostrar que lo somos y nos regocijamos, por una vez, de que podemos hacer algo “de nivel”. Entonces, más que nunca, estuvo vigente aquella canción que no habla más que de nuestra “propia grasa”.
Hollywood
Durante la entrega de los premios me dediqué a tomar dos hojas de apuntes con errores que pude apreciar al aire. Los conceptuales, los de edición, de iluminación, de pronunciación, actos fallidos, falta de memoria y otros. Pero eso no me preocupa tanto como el marco en donde se dieron. Se entregaron los premios Oscar en Estados Unidos, mientras que en un pequeño país del sur de América una gran cantidad de “famosos” caminaron por la alfombra roja para entrar a un cine y después ver una transmisión en vivo de televisión de la entrega de unos premios. Algo así como leer Hollywood, de Charles Bukowski, para conocer la historia de un director de cine que escribe un guión de película y entonces así conocemos ese guión, aunque lo que nos revela es la vida de Bukowski y su relación con el sexo y el alcohol. ¿Entendió? Se lo explico mejor. Aquí invitamos a los famosos de la televisión a la entrega de unos premios de cine de los cuales somos ajenos, ya que estos se rigen bajo los parámetros del mercado estadounidense, con una fiesta que se realiza en Estados Unidos y donde ninguna de nuestras películas compite.
Además, cuando un uruguayo, Drexler, estuvo nominado no lo dejaron cantar su propia canción. Entonces, ¿qué protagonismo puede tener el conductor de un informativo a la hora de la entrega de los premios? Tal vez puede ser protagonista porque la gente lo reconoce y tenemos cierto “cholulismo”. Pero eso no hace al acontecimiento local algo glamoroso como nos quiso vender el periodista Marcel Daset, coconductor, que repitió tantas veces la palabra “glamour” como las veces que se quedó callado sin saber qué decir al aire. Es decir, muchas.
Alto nivel
También se escucharon frases como “nunca se vio una fiesta así en nuestro país”, donde se reúnen “todas las estrellas”. Glamour había en el teatro Kodak, en Los Ángeles, donde estacionaban cientos de limusinas en la puerta, y no en el Shopping Center de Pocitos, donde estacionaban el 181, 145 o 191 que traían a nuestras “estrellas” locales. Si había algo de nivel aquí, era porque la fiesta estaba en el segundo piso del centro comercial. Estrella es Harrison Ford, Julia Roberts o Javier Bardem, y no el conductor de Bendita TV, Gustavo Escanlar, cuyo mejor atributo fue dejarse un bigote para mostrar que es “re loco”. El vestido de la cantante Mónica Navarro, que le fuera prestado para una filmación y que nunca se lo fueron a reclamar, opacó sin dudas el de 500 mil dólares de Penélope Cruz. Es que el detalle de la vestimenta de los invitados a nuestra petit fiesta le hizo ganar un punto de oro a la frivolidad. Ahora me pregunto: ¿a quién le importa cómo se vistieron las participantes de Playa Bar? Vale recordar que el mayor éxito de estas chicas fue vender cervecitas en un bar, mientras se regalaban como cotillón de fiesta y gritaban: “¡Oh yeah!”. La grasa de las capitales invadió por una noche Montevideo. Nos vestimos de fiesta, salimos en la tele, vimos la entrega de los premios en un cine y nos sentimos por un ratito parte del “jet set”. Claro que a mí no me invitaron, y tal vez por eso es mi resentimiento, ya que me tuve que conformar con ver la fiesta desde mi casa, frente a mi televisión del tercer mundo.