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Cual Narciso desilusionado por la imagen del espejo, la televisión se muestra suya para siempre, hasta que la muerte la separe.
Por Matías Rótulo de León
Publicado en Semanario Voces, edición 166, 22 de mayo de 2008.
“Los ojos fijos frente al televisor, y el mundo bajo tus pies” canta Fito Páez. Es que si el mundo fuera cuadrado tendríamos un control remoto para hacer que amanezca, anochezca, o lloviera. Un poder absoluto se ejerce en las retinas, por el flash back de la idiotez que nos reduce a ser entrañas dentro de un gigante bobo. Pero se mira siempre, se peina en el espejo, se pregunta si es ella toda la belleza que existe, si es que existe la belleza.
Entonces abrimos un diario del domingo y vemos tres avisos llenos de palabras y fotos de personas que se asoman en la pantalla cada día, y que si la vemos por la calle no le preguntamos nada, pero la conocemos. Y ellas o ellos nos conocen, porque los miramos y nos miran, y los volvemos a mirar para confirmar que son, y nos vuelven a mirar para confirmar que los miramos. Un aviso para cada canal, donde cada uno es el mejor del Uruguay, con los mejores contenidos, el canal que es tu casa, donde se vive la televisión, donde está la mejor información, etcétera. Entonces nos vemos ahí, con nuestra foto en el periódico más vendido del domingo, inflados de orgullo por ser quien somos: uruguayos.
Tal vez sean las riñas liceales que nos espantan en los diarios, radio y televisión, o bien los líos en el fútbol que nos expulsa de los estadios, y también los motines de la Colonia Berro, o el precio de la nafta lo que nos hace escondernos en nuestras casas, viendo como todo esto pasa. Nos contamina de miedo, pero bien sabemos que frente al televisor nada nos puede pasar.
Soy parte de...
La televisión habla de sí misma. Los programas de la mañana ya se animan a alimentarse de la televisión que ellos haces, pero como que les fuera algo ajeno. En Argentina este proceso comenzó con los programas que encuentran errores al aire y luego los repiten para que el televidente se de cuenta que no existe la perfección, tampoco en la perfecta televisión.
Hoy estos programas están a tal punto avanzados, que ya no sólo son de “televisión basados en la televisión”, sino que desde la televisión, utilizando a la propia televisión, muestran una la imagen despreciada de la sociedad que a veces reacciona como reacciona gracias a la televisión.
“Bendita TV” (10) es nuestro experimento más cercano. Un programa poco inteligente, pero gracioso. Poco original, pero gracioso. Poco atractivo, pero con Claudia Fernández, que está al lado del Piñe, pero gracioso.
Luego tenemos el ombligo de la tele que es ni más ni menos que “Bien Despiertos”. Ya no solo hablan de la televisión, o de la programación del canal, sino que por momentos lo único que hacen es hablar de esa muchacha que se expresa como un cacique indígena, aunque si un día se pone plumas será para bajar por las escalinatas de algún teatro de la calle Corrientes. Resulta que esa muchacha, ex esposa de un tipo que no lo conocía nadie hasta que conoció a Susana, y ya saben de quien hablo, ahora baila con Tinelli por lo tanto existe: está en la tele.
Pero volviendo a Bendita TV ¿Cuál es la gracia de mostrar como se equivoca un conductor? Claro que nuestra Bendita TV se fija en el error ajeno, porque la televisión no tiene errores, sino los que se equivocan son las personas que la hacen. Nadie se fija en los contenidos, en la programación, en el pésimo humor, y en la mala información.
Si nos quedan los programas que si bien hablan de la televisión y el chusmerío barato que le rodea, pero tratan de “analizar” una televisión ajena pero cercana: la Argentina.
Tal vez sea una especie de Narciso desilusionado frente a la figura en el espejo. La televisión habla de sí misma, pero su poder es tal, que no importa si habla bien o mal, ya que los televidentes preferimos que hable mal desde un punto de vista del lenguaje.
También que se hablen mal entre sí las personas que aparecen en la tele, que la televisión muestre todo lo malo que hay en la sociedad, o que sea autorreferencial para llamarse “la mejor de todas”.
Claro que por un lado me siento parte de a televisión, porque me acompaña y me hace reír. Por otro lado soy parte de la televisión, cuando la televisión se aleja de la realidad y la muestra “objetivamente”. También soy parte cuando salgo en televisión, porque yo también soy la televisión.
Pero si la televisión me pide un compromiso, yo digo que la televisión es entretenimiento, y por lo tanto que no me jodan con nada más. Tal vez sea culpa mía, que estoy casado con la televisión, una televisión que es ella sola, enamorada de su imagen, casada consigo misma, mientras yo soy las entrañas de un gigante bobo que tiene los ojos fijos frente al televisor, y el mundo bajos sus pies.