Allá, hace más de medio siglo, la pobreza era profunda, solitaria y dolorosa. Hoy, aunque la pobreza sigue presente en nuestro país (increíblemente), se presenta otro tipo de pobreza: la cultural, la social, la de las costumbres y la del narco, arremetiendo contra las vidas de nuestros jóvenes. ¿No deberíamos volver a leer a Julio Castro?
Por Matías Rótulo
Publicado el 6 de agosto de 2026 en Voces
Entre 2008 y 2012 recorrí varias veces el norte del país como periodista, profesión que ejerció también el maestro Julio Castro. Hoy entiendo que, sin saberlo, estaba siguiendo las huellas de una manera de concebir la educación que Uruguay parece haber dejado de mirar. En Sequeira (Artigas) conocí a una señora, cuyo nombre no recuerdo, ya ciega y con muchos años encima, que recordaba el paso de las Misiones Sociopedagógicas de 1948. No recordaba a Julio Castro. Eso es lógico. El maestro Miguel Soler Roca (otro pedagogo a releer), compañero de Castro en aquellas Misiones, me confirmó años después que Castro no había participado en la de Caraguatá en 1948.
En Marcha, el 6 de julio de 1945, Julio Castro publicó el artículo "La misión pedagógica de los alumnos normalistas". Allí explica que los estudiantes pretendían "llevar cultura a los rincones más apartados del país", aunque rápidamente advierte que "con cultura sola en campaña, no hacemos nada". El verdadero propósito era conocer "en la realidad" la vida de los rancheríos y comprender un país que permanecía olvidado para quienes lo observaban desde las ciudades.
Pocos días después, el 13 de julio, describe en otro artículo la llegada a Caraguatá. Relata que los misioneros cargaban alimentos, ropa, calzado, un equipo cinematográfico, discos y un teatro de títeres. Apenas comenzaron a recorrer los ranchos apareció "el primer choque con la realidad", que desarrolló el 20 de julio de 1945 en uno de los artículos más duros de toda su producción periodística, titulado "En el campo hay gente que se muere de hambre". Allí describe ranchos sin agua potable, familias sin alimentos básicos y niños condenados al abandono. Exige que "el país debe saber" aquella realidad. Afirma que la situación es tan grave que allí "es un lujo casarse, tener hijos legítimos, aprender a leer y escribir".
En El analfabetismo (1940), Julio Castro advertía que conocíamos el Uruguay rural como un turista conoce un país, desde la carretera o desde la ventanilla del tren. Los rancheríos, los peones, las escuelas perdidas y las familias dispersas quedaban fuera de la mirada social. ¿No nos está pasando eso también con aquellas zonas que hoy denominamos "rojas"? No se trata de idealizar las Misiones Sociopedagógicas ni de proponer un regreso imposible al Uruguay de 1945. Se trata de volver a mirarnos, y pensar de qué manera la educación podría contribuir a combatir ciertas estructuras que se van fosilizando desde la extrema pobreza.
Pueblo Fernández
En 2009 llegué a Pueblo Fernández, en el departamento de Salto, para un homenaje a las Misiones Pedagógicas. El camino era una sucesión de pequeños caseríos, escuelas rurales, montes y alambrados. En ese lugar conocí a Istra Cuncic, una de aquellas estudiantes de Magisterio que había participado en las Misiones. También conversé con vecinos que todavía recordaban la construcción del primer salón de clases levantado por los propios misioneros. Baltasar Blanco fue uno de los alumnos de 1947 y me relató que su maestro (así definía a Castro) era "un hombre que se brindó a la sociedad de una manera generosa".
Paso Farías
En 2012, estuve en Paso Farías (Artigas), en la Escuela Nº 60, donde decenas de niños vivían como internos porque sus familias trabajaban en establecimientos rurales dispersos por la zona. La directora me habló de la huerta, de los animales, de las actividades culturales y de las dificultades para conectarse a Internet. Los docentes convivían con los estudiantes y el objetivo era terminar con la pobreza y acercar la cultura. No era difícil encontrar allí la misma lógica que había inspirado las Misiones Sociopedagógicas.
Aquellas tres coberturas periodísticas hablaban de una misma idea de educación. Julio Castro sostenía que la escuela debía conocer el territorio antes de pretender transformarlo. Miguel Soler desarrolló esa convicción durante toda su vida. Ninguno pensaba la educación rural como una versión empobrecida de la escuela urbana. La escuela rural era -me dijo Miguel Soler una vez, en una entrevista para La República- "un espacio de comunión y cultura local".
Hoy discutimos educación desde Montevideo. Los temas son la gobernanza, la inteligencia artificial, las plataformas digitales, las pruebas estandarizadas y las reformas curriculares. Son debates necesarios, pero pocas veces nos preguntamos qué puede enseñarnos una escuela ubicada a cientos de kilómetros del centro político del país. Debemos volver a leer a Castro y a Soler, no por nostalgia, sino porque, mientras seguimos buscando modelos educativos en otros países, dos maestros uruguayos ya habían demostrado que, antes de enseñar, había que escuchar al Uruguay profundo.