Hay canciones de Spinetta en las que el amor aparece como una revelación y hay otras en las que se vuelve pérdida, distancia o imposibilidad, y algunas en las que esas dimensiones parecen convivir al mismo tiempo, como si amar fuera precisamente aceptar que la belleza y el dolor pueden formar parte de una misma experiencia. “Amídama” pertenece a ese último grupo porque no parece hablar de un amor tranquilo ni de una relación instalada en la seguridad de lo cotidiano, sino de una fascinación que todavía conserva algo del descubrimiento, del deseo y también de la incertidumbre.
Por Matías Rótulo
Desde el comienzo de la canción, la segunda de un misterioro Valle Interior de Almendra la persona amada, el personaje lírico, aparece como alguien capaz de modificar el paisaje interior de quien canta. La mirada del otro ilumina aquello que estaba destruido, pero no elimina necesariamente esas ruinas. Esa diferencia importa. El amor no borra lo vivido ni transforma mágicamente la existencia, sino que hace visible otra posibilidad dentro de aquello que permanece quebrado. La imagen tiene una fuerza particular porque evita una idea demasiado sencilla de la salvación amorosa. No hay reconstrucción completa, hay una luz nueva cayendo sobre las ruinas.
Dice la letra: "Yo no sé por qué extraña razón/Tus ojos iluminan las ruinas de mi alma"
Esa extrañeza queda instalada en algo que no es tan extraño, el cuerpo de la mujer amada proyectando luz en el interior del yo lírico. Pero todo eso, es lo que sucede de manera extraña: la poesía.
A partir de allí, Spinetta convierte el cuerpo de la mujer en una geografía. Aparecen el río, la niebla, la montaña, el sol, la sal, el agua. El cuerpo deja de ser solamente cuerpo para transformarse en territorio, y ese territorio es recorrido desde el deseo, pero también desde la contemplación. El yo lírico no parece llegar al otro personaje lírico que conoce completamente, sino que intenta acercarse a un mundo que todavía guarda secretos; "Y no sé porqué todo tu cuerpo es como un río /Donde bañar mis días más sedientos /Y no sé dónde guardas tu niebla de sorpresas /Pero estoy acercándome a este mundo"
Ahí empieza a construirse uno de los movimientos centrales de la canción. El deseo no se organiza desde la posesión que no da lugar a ninguna declaración que pueda traducirse simplemente como un “quiero tenerte” o "te amo". Hay algo más ambiguo en la palabra dicha y, por eso mismo, más interesante. El personaje quiere mirar, acercarse, conocer, tocar ese mundo, pero al mismo tiempo reconoce que nunca termina de comprenderlo. ¿No es eso mismo que ocurre cuando pensamos en la belleza?
Ese reconocimiento hace que la canción pueda leerse desde una forma particular del romanticismo, no entendido solamente como sentimentalismo o exaltación amorosa, sino como la experiencia de un sujeto que se entrega a algo que lo supera. Amar significa abandonar cierta seguridad. El otro deja de ser un objeto conocido y se convierte en misterio.
Por eso resultan importantes las imágenes vinculadas con los secretos, las certezas y el conocimiento. Hay una tensión permanente entre saber y no saber. La mujer parece conocer determinadas verdades que la voz lírica apenas puede intuir. Ese conocimiento no la vuelve distante, sino todavía más fascinante. Amar es acercarse a alguien que posee una interioridad que nunca podrá ser completamente apropiada.
La sensualidad de “Amídama” nace también de ese límite. Spinetta no describe simplemente un cuerpo deseado, sino un cuerpo que afecta la percepción. La piel puede curar desgracias, la boca puede detener la conciencia, el contacto modifica la relación con la memoria y con el tiempo. El amor deja entonces de ser únicamente un sentimiento para convertirse en una experiencia física capaz de alterar la manera en que el sujeto habita el mundo.
Pero esa experiencia contiene dolor. Y ahí aparece probablemente uno de los aspectos más bellos de la canción. El placer y el dolor de tener a la persona amada aparecen unidos, sin que uno anule al otro. El amor no es presentado como una promesa de felicidad permanente. Hay una fragilidad inevitable en el hecho de amar, porque aquello que produce placer también puede producir pérdida, miedo, dependencia, ausencia.
Ese es el lugar desde el cual puede entenderse el romanticismo de la canción. No se trata del amor feliz de quien alcanza aquello que deseaba y queda satisfecho, sino del amor de quien conserva incluso las ganas de amar desde el dolor. Hay algo profundamente romántico en esa disposición. Se ama aun sabiendo que el amor puede herir. Se ama porque la experiencia misma de amar transforma la existencia.
La canción tampoco parece pedir una garantía de futuro. No necesita resolver qué va a ocurrir con esa relación. Esa ausencia de una promesa explícita permite que el sentimiento permanezca suspendido en el presente. El narrador está enamorado y eso, por sí mismo, parece alcanzar para justificar la intensidad de lo que está viviendo.
Hacia el final aparece entonces una idea que reorganiza todo lo anterior. El personaje puede reconocerse feliz simplemente por amar. Esa afirmación desplaza definitivamente el centro de la canción. La felicidad no depende solamente de recibir algo del otro ni de asegurar su permanencia, sino de la posibilidad misma de sentir ese amor.
Hay allí una renuncia implícita a la posesión. Amar no significa dominar al otro ni garantizar que permanezca. Significa aceptar su existencia, su misterio y hasta la posibilidad del dolor que produce su cercanía. En ese sentido, la canción conserva una enorme ternura porque nunca transforma el deseo en exigencia.
También por eso resulta importante la presencia constante de la naturaleza. El río, la montaña, la niebla y el sol son elementos que pueden experimentarse pero no poseerse. Uno puede entrar en un río, mirar una montaña, atravesar la niebla o sentir el sol, pero ninguno de esos elementos puede pertenecer realmente a una persona. La mujer amada parece construida de la misma manera. Puede ser contemplada, deseada, amada, pero nunca reducida a una propiedad.
La belleza de “Amídama” nace entonces de una contradicción que Spinetta no intenta resolver. El amor ilumina y duele. Cura y desarma. Acerca y conserva distancia. Produce placer mientras recuerda que nada puede poseerse completamente. Y en lugar de convertir esa contradicción en tragedia, la canción encuentra dentro de ella una forma de felicidad.
Quizás por eso hay algo tan intenso en la manera en que el deseo atraviesa todo el texto. No es solamente deseo sexual, aunque la dimensión corporal esté muy presente. Es también deseo de conocimiento, deseo de cercanía, deseo de permanecer junto a alguien cuya existencia parece haber reorganizado la percepción del mundo.
“Amídama” habla así de una forma de amar que acepta la vulnerabilidad. Quien ama queda expuesto porque coloca parte de su felicidad fuera de sí mismo, pero al mismo tiempo descubre algo que antes no conocía. La otra persona se convierte en una posibilidad de transformación.
En ese punto, el amor de la canción no parece ingenuo. Sabe del dolor y no lo niega. Sabe que existe el riesgo de perder y aun así continúa. La belleza no aparece porque el amor sea perfecto, sino porque puede mantenerse vivo incluso dentro de esa incertidumbre sobre qué es la belleza.
Por eso la canción puede escucharse como una celebración amorosa y, al mismo tiempo, como una canción atravesada por una melancolía muy sutil. El amor está presente, pero también lo está la conciencia de su fragilidad o del todo (de hecho se llama AMIDAMA, como un todo posesivo unbido a la idea de mujer ideal). Y quizás sea justamente esa mezcla la que le da su belleza.