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Spinetta en una clase del Liceo 46

 



Corría el año 2016 cuando yo comenzaba a trabajar en el Liceo 46 de Montevideo, ubicado en Camino de las Tropas y Luis Batlle Berres, en una zona con estudiantes bastante vulnerables y con grupos muy desafiantes para un docente que tenía que enseñar, como yo en ese caso, Literatura. Los estudiantes tenían cierta apertura a debatir. Me refiero en particular a un grupo, Tercero 4, donde se encontraba un estudiante llamado Simón.

Por Matías Rótulo

Simón era distinto. Era un estudiante muy curioso desde el punto de vista cultural e intelectual. Siempre venía con alguna consulta sobre algún tema en particular, pero sobre todo me demostraba que tenía un consumo cultural distinto al del resto de los estudiantes. En ese momento había un repunte de la música tropical y era fundamentalmente eso lo que escuchaban. Simón, sin embargo, venía con consultas sobre Nirvana, Foo Fighters, Metallica, Beatles, Hermética y otras músicas. Escuchaba muchas cosas raras, veía películas no canónicas y siempre me desafiaba.

Un día se acercó y me dijo que escuchaba a Spinetta. Había descubierto en mis redes que yo también lo escuchaba y que escribía mis Apuntes Spinetteanos. Me confesó su pasión por Artaud, tanto por el poeta, al que ya había leído con apenas quince o dieciséis años, como por el disco, que se quería comprar. Yo le conté que no tenía el vinilo, sino el CD.

En una de aquellas clases estábamos trabajando con Delmira Agustini y se me ocurrió debatir con los estudiantes dónde radicaba el valor artístico de una obra. Si estaba en la poesía en sí misma o si la historia de Delmira también intervenía en ese valor. A partir de ahí comenzó un debate muy interesante sobre el arte. Algunos sostenían que el arte era solamente aquello elevado, otros que era aquello que estaba más estructurado y otros creían que no importaba demasiado lo que hubiese hecho la persona en su vida, sino la obra. Todo esto sucedía en un liceo complejo, vulnerable, con dificultades incluso en la convivencia.

Entonces se me ocurrió llevar a Spinetta. Elegí “Por”, esa canción construida como una enumeración de palabras sueltas. Antes de escucharla hablamos sobre el arte y su sentido, sobre aquello que resulta extraño y la relación entre extrañeza y belleza. También discutimos qué es lo bello para cada uno y cómo existen estándares de belleza impuestos. Muchas veces aquello que los estudiantes consumían culturalmente respondía a esos estándares. Era (y es) algo así como "esto está bueno, porque todos lo escuchan, por lo tanto está bueno y nosotros también lo vamos a escuchar".

Después puse “Por”. Las caras fueron de desconcierto. Escuché comentarios por lo bajo. Yo había presentado a Spinetta, como uno de los músicos y artistas más importantes de Argentina. También expliqué que no era simplemente algo que dijera yo, sino que existía cierto acuerdo sobre esa importancia, por lo tanto, más allá de mi opinión, me regía.por las mismas reglas que ellos en cuanto al consumo cultural. 

Algunos se rieron con Por, otros prestaron atención y otros, cuando terminó, dijeron que era una porquería. Sobre todo les llamaba la atención una parte en la que Spinetta parece hasta desafinar.

Y ahí comenzó la confrontación de ideas. “Eso no es una canción, profesor. A eso le faltan cosas”, me dijeron. Claro, escuchaban un montón de palabras, sustantivos, uno detrás de otro. "Árbol... luz... aproximación". Para ellos faltaba algo. Faltaba metáfora, ritmo, armonía. No podían explicarlo en ese sentido pero lograban hacerse enrender. Si bien había una musicalización, la canción les parecía incompleta. Se esperaban que, al ser presentado Spinetta como uno de los grandes artistas de Argentina, apareciera una obra excelsa, completa y armada. Tampoco podían reconocer aquello que ya veníamos trabajando sobre la expresión de los sentimientos y la lírica. ¿Qué sentimientos podían expresarse mediante una acumulación de sustantivos?

Años después me pregunto si “Por”, comparada con mucha de la música actual, no resulta incluso bastante más compleja en su estructura. Muchas canciones se construyen hoy sobre un ritmo básico y repetitivo, sin una melodía clara o contundente, sin armonías y, sobre todo, sin desafío poético. Me parece que mucha de la música de hoy no tiene ese desafío poético que Spinetta nos presentaba y nos permitía discutir. En “Por”, lo distinto al lenguaje normal, lo extraño, estaba precisamente allí, como ocurre también en tantas otras obras de arte.

Quizás escuchar hoy “Por” en una clase de Literatura ni siquiera implique poner en duda si eso es arte o no. Porque creo que hoy es mucho más difícil, y lo digo como profesor de Literatura, debatir sobre el arte cuando en muchos casos se ha fraccionado y fragmentado tanto que ha dejado de estar presente en la vida, sobre todo en la de los más jóvenes.

Parte de aquel grupo siguió conmigo algunos años más. Hicimos teatro, presentamos La isla desierta y algunos de aquellos estudiantes transitaron después en Los Tragicómicos del 46 grupo de teatro del Liceo 46. Allí también hubo un rescate del valor del arte, desde adentro Simón siguió cultivándose artísticamente y siempre fue para mí una referencia importante de aquella experiencia. Escribió obras de teatro, las presentamos y continuó recorriendo ese camino.

Por eso, cuando vuelvo a aquella clase, creo que en ese grupo ocurrió algo importante. Y hubo también un aporte de Spinetta. Estuvo en el debate, en el desconcierto, en el desacuerdo y en el extrañamiento, pero, sobre todo, estuvo en la educación.