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El Cuarteto de Nos es una banda de entrecasa


La Live Session (sesión en vivo), un audiovisual que revive el disco Raro a dos décadas de su lanzamiento, propone una experiencia en primera persona y recupera el carácter “casero” de una banda que hace tiempo trascendió las fronteras.


Matías Rótulo

Publicado el 7 de setiembre en El Popular

Hay algo del “entre casa” que forma parte de la historia de El Cuarteto de Nos y que permanece incluso cuando llena estadios aquí o en el exterior, o cuando su formación cambia con los años, porque la banda no deja de presentarse como un proyecto local y casero, aunque extremadamente profesional.

No se trata solamente de aquella historia conocida de sus comienzos ni de la condición casi familiar —con los hermanos Musso liderando y compartiendo un primer disco con Alberto Wolf—, sino de una manera muy uruguaya de construir arte desde cierta cercanía con un oyente que funciona como cómplice, una relación que en los inicios se alimentó de la ruptura de la lógica formal y de un mensaje irreverente. Buena parte del universo creativo del Cuarteto parece haber ocurrido siempre dentro de una casa imaginaria, recorrida durante décadas por personajes que piensan, discuten, se contradicen, se miran al espejo, se encierran, quieren salir, fracasan y vuelven a empezar.

Por eso resulta particularmente interesante que, veinte años después de Raro, el Cuarteto vuelva a esas canciones despojándose, en cierta medida, de la monumentalidad que adquirieron con el tiempo. Porque Raro ya no es solamente aquel disco de 2006, sino un álbum que modificó la escala de la banda y que contiene canciones que terminaron siendo coreadas por miles de personas. Sin embargo, para regresar a él, el Cuarteto hace un movimiento en sentido contrario: en vez de agrandarlo, lo mete dentro de un apartamento, lo filma y lo presenta mediante interesantes recursos artísticos que van más allá de lo estrictamente musical.

No alcanza con decir que estamos ante una sesión en vivo de algunas canciones, porque la puesta audiovisual construye algo más: mientras la banda toca, hay alguien que escucha, mira e interactúa con los artistas, camina hacia el baño, se acerca a una heladera y saca de allí el muñeco vudú que, en “Invierno del 92”, se explica que fue encontrado por el personaje de la portada de Raro, construido a partir de los rostros de los integrantes de la banda de 2006. Podemos suponer, entonces, que ese “alguien” es el mismo personaje, una suerte de Frankenstein que nunca da la cara en la Live Session.

Ese personaje, cuyo punto de vista asumimos por momentos, parece ser el amo y señor de la escena y, desde sus ojos, vemos un hámster —referencia a otra de las canciones de Raro—, objetos domésticos, desplazamientos de aspiradoras y pequeñas acciones que continúan mientras la música sucede, de modo que el Cuarteto toca mientras, alrededor, la vida sigue.

En términos narrativos, este juego puede pensarse desde la focalización de Gérard Genette y la ocularización de François Jost: mientras la primera permite analizar desde qué perspectiva se administra la información, la segunda lleva esa pregunta al terreno específicamente audiovisual y permite observar desde qué mirada vemos desplazar al foco.

Ese desplazamiento no se limita a una única mirada, porque por momentos seguimos a Roberto Musso, en otros el centro se traslada hacia el baterista o el bajista y, de pronto, abandonamos incluso la lógica de los integrantes para adoptar perspectivas inesperadas, como la del hámster o la de alguien situado del otro lado de una ventana. La cámara se acerca y se aleja, entra y sale, abandona momentáneamente a la banda y vuelve a encontrarla, mientras la casa deja de ser una simple escenografía para convertirse en una especie de gran mente por la que circulan los pensamientos de sus protagonistas.

Personajes familiares

Eso también está en las canciones del Cuarteto. Durante años, sus letras han construido personajes que hablan desde una individualidad exacerbada para terminar diciendo algo colectivo. El pensamiento íntimo, la obsesión, el miedo, el narcisismo, la inseguridad, el deseo de pertenecer o de escapar aparecen encerrados dentro de personajes que, cuanto más particulares parecen, más fácilmente terminan hablando de nosotros. La casa de esta sesión materializa, de alguna manera, ese procedimiento, porque cada habitación puede ser una zona distinta de una misma cabeza y, al mismo tiempo, una parte de una experiencia social compartida.

Incluso el tiempo parece comportarse de esa manera, porque no asistimos simplemente a cuatro o cinco interpretaciones colocadas una detrás de otra, sino que las canciones se presentan mediante pequeñas situaciones que alteran el eje temporal y narrativo, como si entre una y otra existieran pasillos que también hubiera que recorrer. La sesión deja así de ser únicamente un registro musical y adquiere algo de relato, donde importa qué canción viene, por supuesto, pero también desde dónde llegamos hasta ella, quién nos conduce, qué ocurre alrededor y qué queda atrás cuando comienza la siguiente.

Y allí Raro encuentra, veinte años después, una forma curiosamente coherente de regresar, porque después de tantos escenarios, kilómetros, discos y multitudes, el Cuarteto podría haber celebrado su aniversario desde la grandilocuencia, pero eligió volver a ser, al menos por un momento, aquel Cuarteto de Nos que muchos románticos todavía le reclaman a la banda, quizás sin comprender que el arte evoluciona y que, con él, también lo hacen los artistas.