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Apuntes spinetteanos: Ruben Rada es lo más grande que hay





 ¿Qué le hubiera cantado Spinetta a Rada, de haberse ido primero Ruben de este mundo?

Por Matías Rótulo 

La pregunta es imposible de responder, naturalmente, porque cualquier intento por poner palabras en la boca del Flaco terminaría siendo un ejercicio de ventriloquia.  Desde que murió Rada hace unos días, me fui a su obra, como muchos de nosotros, y en mi playlist apareció la canción de homenaje a Spinetta. 

En 2020, Rada publicó Negro Rock, un disco cuyo título ya decía bastante acerca del lugar desde el cual quería pararse, porque allí no estaba un músico uruguayo acercándose al rock, sino  que se trataba de la mención al mismo Rada, uno de los protagonistas de esa historia, reconociéndose dentro de ella, homenajeando a otros y, de alguna manera. Se hace imposible separar el candombe, el jazz, la canción popular, el funk y el rock de Rada. Entre esas canciones aparece “Spinetta es lo más grande que hay”, y desde el comienzo hay algo que resulta reconocible, una melodía que nos lleva hacia el universo spinettiano antes incluso de que Rada necesite explicarnos demasiado. Se trata de una forma similar al frase de "Seguir viviendo sin tu amor", pero en lógica Rada. 

El homenaje no está construido solamente con palabras sino también desde la música, que es, al fin y al cabo, el lugar verdadero donde dos músicos pueden encontrarse.

“Hoy la música me vuelve a ganar”, canta Rada, y quizá allí esté contenida buena parte de lo que quiero decir, porque no dice que Spinetta vuelve a ganarle sino que es la música la que lo hace, como si entre una cosa y la otra ya no hubiera demasiada distancia y Luis Alberto hubiera terminado convirtiéndose, para quien canta, en una de las formas posibles de nombrarla. No parece casual tampoco ese “hoy”, porque coloca la experiencia en el presente: Spinetta ya no estaba cuando Rada grabó la canción en 2020 y, sin embargo, la música volvía a ganar, volvía a suceder, volvía a entrar en quien la escuchaba como si la muerte pudiera modificar la existencia física de un músico pero tuviera bastante menos poder sobre aquello que ese músico puso a circular por el mundo.

Después Rada confiesa sentirse emocionado ante una melodía que se le ha metido en el corazón, y allí el homenaje adquiere una dimensión que me interesa particularmente, porque quien habla es también uno de los músicos más importantes que produjo esta parte del continente y, sin embargo, se coloca en el lugar sencillo del que escucha, del que se emociona y se deja atravesar por la obra de otro. Hay una humildad artística en ese gesto, una especie de rendición frente a la belleza: durante unos minutos Rada deja de ser Rada para volver a ser aquel que escucha una canción y descubre que algo se le instaló adentro.

Hay, además, una diferencia entre ambos que no supone establecer ninguna jerarquía y que quizá explique por qué el homenaje funciona de esa manera. Spinetta fue un músico popular, por supuesto, pero buena parte de su obra eligió caminos menos inmediatos, una poesía muchas veces críptica, indirecta, experimental, capaz de exigirle al que escucha que entre en ella y permanezca un rato hasta encontrar —si es que alguna vez lo encuentra— su propio sentido; Rada, en cambio, tuvo una extraordinaria capacidad para hacer convivir una enorme sofisticación musical con una comunicación mucho más directa, popular en el sentido más amplio de la palabra, capaz de llegar a públicos que probablemente nunca se preguntaron qué armonía estaban escuchando mientras ya la estaban bailando o cantando.

Y entonces Rada puede decir sencillamente que Spinetta “es lo más grande que hay”, que lo aman mucho en Uruguay, y rematarlo con un “vamos arriba vos” que difícilmente pudiera pertenecer a otro lugar del mundo, llevando por un instante al Flaco desde aquel universo poético de figuras imposibles, muchachas con ojos de papel, duraznos sangrando, capitanes Beto y pelícanos de los sueños hasta la cercanía de una expresión uruguaya que no necesita ninguna explicación. Lo extraordinario es que el pasaje de un registro al otro no empequeñece el homenaje, sino que lo vuelve colectivo: ya no es solamente Rada hablándole a Spinetta, somos nosotros diciéndole que lo queremos.

La canción recuerda también su honestidad y su condición de líder, y allí aparece otro Spinetta, no solamente el compositor o el poeta sino el artista que sostuvo una determinada manera de pensar su oficio, incluso cuando esa decisión significaba alejarse de los lugares más cómodos de la industria. Tal vez por eso la palabra “líder” funciona particularmente bien si no la entendemos como la del que conduce obediencias, sino como la de quien abre un camino y después permite que otros lo recorran de maneras diferentes.

Y, sin embargo, está

Spinetta está en la obra en forma de homenaje pero también como un sentido propio de lo que propuso Spinetta en su obra. Dice Rada que hay quienes saben volar y entonces, es ahí que  la canción puede encontrarlo en cada lugar, en una fotografía, en una melodía, en una guitarra que aparece de pronto y nos devuelve algo que creíamos perdido. Siempre me gustó esa imagen del vuelo vinculada con Spinetta, y resulta difícil no pensar en ese imaginario que lo permite vincularlo a la elevación, no en el sentido solemne de colocar al artista sobre un pedestal, sino en esa capacidad de la poesía para despegarse unos centímetros de lo evidente y mirar desde otro sitio.

Ahora murió Rada y la canción produce un efecto extraño. Porque uno podría invertir sus términos sin necesidad de reescribirla: hoy la música nos vuelve a ganar cuando escuchamos a Rubén, nos emocionamos con esas melodías que desde hace décadas se nos metieron en el corazón, podemos decir sin exagerar que lo amamos mucho en Uruguay —y también bastante más allá del Uruguay— y sabemos que, aunque Rada ya no esté, habrá que no saber volar para creer que desapareció.

Tal vez por eso vuelvo a la pregunta del comienzo: ¿qué le hubiera cantado Spinetta a Rada si Rubén se hubiera ido primero? Seguramente no estas palabras,  porque Spinetta habría encontrado otras, menos directas, quizá más misteriosas, nacidas de esa lengua poética que construyó durante toda su vida y que hacía que las cosas pudieran decirse sin ser nombradas del todo, pero sospecho que debajo de esas palabras hubiera estado la misma certeza que Rada dejó en su canción: que existen músicos cuya muerte no consigue clausurar su presencia porque en determinado momento dejaron de pertenecer solamente a su biografía y comenzaron a existir en la memoria de los demás. 

Rada había entendido eso sobre Spinetta y se lo cantó sin vueltas, con la emoción del músico y la sencillez del que escucha, con una melodía reconocible, con guitarras que hacia el final parecen recordarnos que esto también es rock, con el “Luisito”, con el “papá”, con el “vamos arriba vos”, como si para homenajear a alguien tan enorme hubiera que quitarle por un momento el monumento y volver a hablarle como se le habla a alguien querido.

Porque en definitiva, Rubén Rada y Spinetta son lo más grande que hay.