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Esto no es un obituario, porque Rada no murió. Y lo voy a demostrar.
Por Matías Rótulo
Publicado el 28 de agosto de 2026 en El Popular
Cuando nos queremos dañar en nuestra alta autoestima popular (a veces más pedante de lo que nos gustaría), nos decimos, en materia cultural, que todo nos llega tarde o que nos copiamos de Argentina. Por eso, Rubén Rada funciona como un nexo entre nuestra cultura y el resto de América.
Uno de sus instrumentos, el tambor, funciona como una caja de resonancia que, tras el golpe, proyecta el sonido a partir de una estructura de madera hasta llegar a los receptores. Rada es en sí mismo como un tambor, porque en él y en su arte repercute el sonido universal de la música. Supo recibir variados estilos musicales, y ese fue el golpe, que además del candombe y la murga, logró manipular y rediseñar como un artesano a su arcilla.
Pero esto es solamente la primera parte de su obra: la personal, la que conocemos en lo inmediato. Hay otra obra que comienza cuando ese tambor proyecta su sonido.
Ángel Rama retomó la idea de “transculturación”, originalmente desarrollada por el antropólogo cubano Fernando Ortiz, para pensar los procesos culturales latinoamericanos y trasladarlos al análisis literario. Rada, de alguna manera, los expuso en su obra de forma práctica. Las culturas, desde esta perspectiva, no reciben simplemente aquello que viene de afuera para después reproducirlo. En la transculturación se toman elementos culturales, se modifican, se cruzan con los que ya existen y se produce otra cosa. Si uno escucha la obra de Rada, buena parte de esa historia está ahí.
Porque Rada parte de un lugar que le es propio, en un continente que ha sido escenario privilegiado de estos procesos. África, Europa, los pueblos originarios de América y, en distinta medida, otras procedencias culturales están representados en esta región. No porque sus culturas se hayan aplicado de manera uniforme, sino porque la transculturación supone precisamente modificación, selección y adaptación.
El candombe no aparece en la música de Rada como un recurso que un músico descubre y decide incorporar. El candombe está antes. Rada lo concreta para sí mismo como parte de lo heredado por su propia historia, por su barrio y por su pertenencia étnica. La transculturación necesitaba también de sus promotores, aunque ellos no necesariamente se propusieran serlo, y Rada es uno de esos soldados que acercó el candombe no solamente al conjunto de la sociedad uruguaya, sino también a América Latina. Abrió una puerta para que esa transculturación también ocurriera desde Uruguay hacia afuera.
Pero el diálogo musical fue de ida y vuelta porque en este tambor humano alegórico, llamado Rubén Rada, también sonaron el jazz, el rock, el blues, el soul y, con ellos, sonidos de Brasil y Argentina, pero también de Estados Unidos.
Rada trasladó a la música parte de la cultura uruguaya, pero también absorbió aquello con lo que otras culturas lo nutrieron. Y con su música terminamos nutriéndonos nosotros: los de acá y los de allá.
Un tambor que resuena
El tambor resuena y expande su sonido hasta llegar, mediante la vibración, al oído de quien lo escucha. El grave se asemeja al latido de nuestro corazón. Rada hace lo mismo: su música resuena y se expande hasta llegar al oído de alguien que escucha en Perú, España o el Buceo. Rada fue durante décadas una enorme caja de resonancia. O, mejor todavía, un tambor.
La alegoría del tambor sirve también por otra razón. Un tambor nunca suena solo por aquello de lo que está hecho. Necesita del golpe, de la tensión de la lonja, del aire y de una caja que haga resonar todo eso. Algo parecido ocurre con la cultura. No existe una música que nazca aislada, incontaminada de las demás. Cada sonido lleva otros sonidos anteriores y, cuando vuelve a sonar, ya es otra cosa.
Rada fue ese tambor: recibió golpes provenientes de muchos lugares y los hizo resonar desde su propia historia. Pero no los devolvió iguales. Los devolvió como Rada y, al hacerlo, también los devolvió como Uruguay.
Podríamos pensar incluso su voz como la lonja de ese tambor. Una voz que cualquiera reconoce en pocos segundos y en la que, sin embargo, resuenan muchas cosas: África, Montevideo, el candombe, el jazz, el rock, el soul, Brasil, Argentina. Rada absorbió buena parte de la cultura musical de América y después la devolvió transformada.
Néstor García Canclini habló de culturas híbridas. Stuart Hall planteó que las identidades culturales no están terminadas de una vez y para siempre, sino que se construyen permanentemente. Las dos ideas permiten volver a Rada desde otro lugar. Porque si la identidad uruguaya existe, seguramente no esté guardada intacta en algún sitio esperando que vayamos a buscarla. Se fue haciendo. Y Rada fue uno de los que la hizo.
Tal vez por eso la figura del tambor permita entender algo más. Rada no fue solamente quien tocó el tambor: terminó siendo, alegóricamente, el tambor mismo. En él golpearon músicas, barrios, viajes, generaciones y culturas diferentes. Y de esa caja nunca salió exactamente lo que había entrado. Salió otra cosa. Salimos, de alguna manera, nosotros.
Por eso me cuesta pensar en él solamente como un músico uruguayo, sino como un actor fundamental en el crisol cultural de nuestro continente. Mientras exista ese intercambio, su música y su legado seguirán resonando. No habrá muerte posible para un músico que mantiene viva parte de la cultura de toda América.